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Entre identidad y exilio 

    Oro Anahory-Librowicz

    Mis más lejanos recuerdos me llevan a una encrucijada de caminos, a un mundo de polaridades y deseos conflictivos. ¿A qué voz atender, a la llamada de lo incógnito, de los caminos vírgenes o al llamamiento de lo familiar, de lo que te espera desde siempre, generación tras generación, en un retorno previsible y, por tanto, reconfortante? ¿Realizar mi “destino” o inventar el mío propio? Cada opción exige su precio y no se decide a la ligera entre quedarse con los suyos y alejarse de ellos para forjarse su propio camino, entre aceptar lo que la tradición te reserva y aventurarte por nuevas sendas. A la hora de tomar una decisión, se insinuó en mí el canto poético de Machado: « Caminante, no hay camino, se hace camino al andar ».

    Pero empecemos desde el principio. Hay tantas cosas que una no sabe cuando es niña. El nacer en Tetuán, durante el Protectorado Español, no tenía para mí nada de particular. Mi ciudad natal me parecía más bien aburrida y opresiva. Quizá mis hermanos, por ser varones, no tenían la misma perspectiva que yo. Mientras que ellos podían « ir de chateo », sentarse en un café o pasar la tarde en el Casino Israelita, yo, como niña, no podía tomarme esas libertades, aunque tampoco las codiciaba especialmente.

    Las vacaciones estivales eran un verdadero tormento para mí. Como todas las niñas de mi edad, anhelaba que terminaran las clases del colegio para disfrutar de un poco de libertad. Pero ¿qué hacer en la estrechez de una ciudad tan provinciana como Tetuán? Durante el año escolar, la Alianza Israelita colmaba mis intereses intelectuales y me proporcionaba un contacto social con niños de mi edad. Ya desde entonces intuía de manera confusa que la Alianza me proporcionaría un puente hacia el futuro, que su educación políglota (francés, hebreo, árabe, español e inglés) me abriría las puertas de otros países y otros horizontes.

    Otra fuente inagotable de satisfacción era el Conservatorio de Música y Baile que, año tras año, me hacía descubrir y amaestrar dos de mis pasiones: la música y el ballet. Pero en verano, ese jardín de las maravillas también estaba cerrado. Hasta la biblioteca y el centro cultural francés, uno de mis lugares favoritos, mi caverna de Alí Babá, tanto apreciaba sus tesoros, cerraba sus puertas en verano.  Por lo tanto, la calle Generalísimo, nombrada Mohamed V después de la Independencia, constituía el único pasatiempo. Ir y venir de una punta a otra de la calle, intercambiar miradas y sonrisas con algún conocido, mirar cómo iba vestida fulanita, exhibir sus propios atuendos . . .  en fin tratar de estirar el tiempo entre una vuelta y otra en esa  calle que era el centro neurálgico de la ciudad. Y, mientras tanto, experimentar un vacío y un aburrimiento desesperantes.

    Recuerdo que, para pasar el tiempo, me asignaba a mí misma “explicaciones de texto”, como si estuviera en la escuela. Escogía un pasaje de uno de mis autores preferidos, Montaigne, Ronsard, Stendhal o Balzac, y contestaba a las preguntas que yo misma inventaba. Así me convertía en alumna y profesora a la vez y, sobre todo, me mantenía ocupada en el vacío que era Tetuán.

    Fue en esos años de la adolescencia cuando surgió mi anhelo de salir de mi ciudad natal. Me empujaban mi curiosidad intelectual, mis ambiciones profesionales y el deseo de escapar a toda costa al destino típico de la mujer tradicional, de quien se esperaba que fuera una esposa y madre ejemplar. Educada en una escuela que valorizaba ante todo la lengua y la cultura francesa, mi sueño era estudiar en París. No sé cómo había conseguido un plano de la capital francesa, pero recuerdo tenerlo abierto en clase, sin que me viera el profesor. Así recorría París con mi imaginación: la torre Eiffel, el Trocadero, los mil y un museos de la capital del arte, y sobre todo los teatros. Yo que siempre había querido ser actriz, soñaba con ir a la Comédie Française, el cenáculo del arte dramático.

    Cuando supe que no habría clase de bachillerato en la Alianza de Tetuán, se me presentó la oportunidad de realizar mi sueño. Gracias a la apertura de espíritu excepcional de mis padres, Samuel y Simy Anahory, זל , quienes me apoyaron moral y económicamente, me fui a estudiar a París. Aquella separación de con mi entorno familiar y geográfico representó la primera de varias rupturas existenciales. Aunque deseada, tuvo el sabor semi-amargo del exilio.

    Quizá lo más difícil no fuera superar el sentimiento de extrañeza que inevitablemente te invade cuando te arrancas a los tuyos. Lo que más duele es volver a tu casa y darte cuenta de que no vuelves a lo que dejaste ya que tu mirada no es ni nunca será la misma que la que tenías un tiempo atrás: « Y al volver la vista atrás, / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar ». Los lugares familiares de tu infancia, tus puntos de referencia existenciales no han cambiado, pero tú te has transformado y ya no es posible recobrar tu inocencia pasada ni ser como eras antaño. Entonces sientes una fisura, tal una herida, que te hace diferente, te aleja de los tuyos y te separa ineluctablemente de tu pasado.

    Después del bachillerato, cuando emprendí mi licenciatura en estudios hispánicos en la Universidad de París, tomé conciencia del entorno muy particular en el que había crecido. Tetuán me pareció algo así como un microcosmos de la España medieval, trasladado al siglo XX.

    Allí, al otro lado del Estrecho, convivían en una tolerancia relativa, no exenta de tensiones y conflictos, las tres culturas de la España del Medievo. A diario entraban en contacto y se relacionaban árabes, judíos y cristianos, en la calle, en el zoco, en las tiendas y en los patios. ¿Qué tetuaní no recuerda escenas pintorescas de la vida cotidiana bajo el Protectorado? El jeblí que venía  en burro para traer la leche que, a veces, cortaba con agua para que cundiera más. El panadero español que traía su pan a cada inquilino en una enorme canasta de mimbre. El cartero que, desde abajo, gritaba tu nombre cuando recibías una carta. El sereno que abría el portal a los trasnochadores. Y las animadas conversaciones de las vecinas en el patio.

    Anita y Paco eran nuestros vecinos españoles que les habían dado a sus hijos nombres del calendario republicano, Germán y Florián, declarando así públicamente sus convicciones políticas. Un día, a los cuatro años, me fui sola a la judería para ver las gallinas que vendían los campesinos rifeños.  Pero me perdí y fue Germán quien me encontró y me llevó a casa. Hoy me pregunto si alguno de sus antepasados, en la Edad Media, habría protegido a uno de los míos de las garras de la Inquisición, o si al contrario, lo habría delatado y él, con su noble gesto, habría enderezado el entuerto de su antecesor. Asimismo muchos de los árabes tetuaníes descienden de moriscos y quizá las vidas de nuestros antepasados respectivos se cruzaron en España en una época remota y ahora la historia reunía a sus descendientes.

    Mucho antes de que se hablara de multiculturalismo, en Tetuán lo practicábamos a diario. Recuerdo la noche de Timimona cuando mis compañeros de clase, Carlos Malká, Fortunato Albo y Jaime Benmamán, salían por la calle cantando: “Buenas salidas de Pascua, buenas salidas de Pascua mos dé el Dio, buenas salidas de Pascua” con la tonada del popular villancico castellano: “Todos le llevan al Niño”. Con esa misma tonada se cantaba en Tetuán: “A la entrar a la judería, a la entrar a la judería, lo primero que se ve ve, ay, ay, ay, Abamito tostando pipas”. En otras ocasiones, en el patio de recreo de la Alianza, en vísperas de Pesah, los compañeros citados se divertían cantando «Hermana Simhá, Pesah ya llegó, amasay las tortas y sacay el vino. Hermana Simhá, Pesah ya se fue, guarday lo casher y sacay lo hamés»[1]. Y, con la misma melodía empalmaban con los versos del Arte poética de Boileau: « Dans ce sac ridicule où Scapin s’enveloppe, je ne reconnais plus l’auteur du Misanthrope ».

    Pasar de una lengua a otra, de la haketía al francés del siglo XVII, se hacía con toda naturalidad y apropiarse las notas de un cantar cristiano de Nochebuena para entonar un cumplido tradicional de fin de Pesah no le hacía estremecerse a nadie.

    Pese a estos cruces culturales y lingüísticos, fruto del trato cotidiano entre las tres comunidades, la norma socio-cultural y religiosa implícita y aceptada era que cada grupo se movía en su propio ámbito y no interfería en la esfera del otro, un poco como el agua y el aceite que se codean, pero no se mezclan.

    Recuerdo que, en las pocas ocasiones en que mi madre me llevaba a la tienda de mi padre, situada en la morería o kaisería, sentía que penetraba en un sector vedado, ajeno a mi entorno familiar y, por tanto, inquietante. Me agarraba al brazo de mi madre y, de un paso ligero, íbamos a la tienda y, al volver de nuevo al Ensanche, la parte europea de la ciudad, nos sentíamos las dos aliviadas, aunque nunca nos lo confesamos.

    Esto me trae a la memoria una historia que le ocurrió a mi padre. Todos en Tetuán conocían la Ferretería Anahory, sobre todo cuando se trasladó a un nuevo local del Ensanche. Antes de esa época, cuando todavía estaba la tienda en la morería, un día llegó un cliente musulmán bastante mayor, le compró a mi padre unas especias y unos clavos y le dijo: – Mire, yo no soy de aquí y tengo que hacer todavía unas compras. ¿Podría dejarle estos candelabros y recogerlos más tarde?

    Waja[2], le contestó mi padre. Entonces, el cliente se fue y le dejó a mi padre dos candelabros de cobre que se estilan mucho en Marruecos. Son altos, vistosos y de color dorado. A la hora de cerrar la tienda, el cliente no había vuelto. Mi padre cerró la tienda y volvió a casa. Pasaron días y semanas y el hombre no volvió. Como no tenía sitio en la tienda que era muy pequeña, mi padre cogió los candelabros y los llevó a casa. Y allí se quedaron olvidados.

    Ya habían pasado años cuando una mañana se presentó un anciano con una barba blanca y le dijo a mi padre:

    – Mire, ¿se acuerda que hace años le dejé aquí unos candelabros?

    – ¡Ah Rebbí Shim’on, sí!

    – Bueno, pues he venido a recogerlos, le dijo el anciano.

    Entonces mi padre le explicó que, después de esperar en vano su regreso, se los había llevado a la casa y le preguntó si podía pasar a recogerlos por la tarde. Le dijo el cliente que sí. Mi madre sacó los candelabros de un armario donde los había guardado, los limpió y los enroscó, porque mis hermanos eran muy traviesos y los habían desmontado para jugar con las piezas. Mi padre los llevó a la tienda, pero resulta que el anciano nunca volvió. Así que los candelabros se volvieron a traer a la casa.

    Cuando salimos para siempre de Tetuán, dejamos atrás nuestra infancia, nuestros recuerdos y todos los bienes materiales que poseíamos. Pero, no sé cómo, esos candelabros que suelen acompañar a la novia en la noche de berberisca y que, casualmente sirvieron para rohear[3] a mi hermana, nos siguieron también. Uno de ellos está conmigo en Montreal y el otro fue a dar en Caracas con mi hermana.

    Y hasta ahora me pregunto si ese anciano musulmán no sería un mensajero que venía a decirnos: “Cuando os toque dejar esta tierra que ha sido la de vuestros padres y abuelos, no es justo que os vayáis con las manos vacías. Llevaos estos candelabros que serán como una luz en vuestro nuevo éxodo”. Y así fue. Y él quede con bien y nosotros también.

    El desenlace del cuento, con su visión optimista, no es el fruto del embellecimiento típico que suele acompañar el exilio. Al contrario, soy consciente de que es pura ficción el darle un sentido positivo a lo que fue, para la comunidad judeo-marroquí, una bofetada histórica. Los judíos marroquíes dejaron su país, primero para cumplir la promesa milenaria del retorno a Sión y después, tras la Independencia de Marruecos, porque se vieron excluidos del proceso histórico por una serie de medidas nacionalistas y discriminatorias. Pero cada cual tiene derecho a soñar e interpretar la realidad de los hechos como le hubiera gustado que ocurrieran. Y en fin de cuentas, ¿quién sabe lo que pensaría de verdad el anciano? ¿Y si hubiera tenido un pensamiento de fraternidad con nosotros, sus conciudadanos?

    Retomando el hilo del relato y volviendo a mis estudios universitarios, fue una sorpresa para mí descubrir ciertos aspectos de mi identidad sefardí a través de la literatura medieval española. Al leer El Libro de Buen Amor, La lozana andaluza y la Celestina, entre otras obras, encontré varias alusiones a los judíos e incluso a nuestros platos típicos, como la adafina, el letuario y las fijuelas. El español arcaico se asemejaba a nuestra lengua vernácula en su vocabulario y fonética.

    Progresivamente se me fueron revelando facetas de mi propia identidad. Se puso de manifiesto nuestra modalidad particular de ser judíos del norte de Marruecos. Hablábamos un español heredado de nuestros antepasados españoles, transformado a lo largo de los siglos en la haketía, nuestra lengua vernácula. La Hagada de Pesah se traducía en ladino, o sea en nuestro idioma escrito, el judeoespañol. Poco a poco, empecé a comprender que practicábamos el judaísmo sefardí, el cual tenía sus tradiciones, liturgia y lengua específicas. Así, gradualmente, Tetuán se deshizo de su tedio y su estrechez para revestir una aureola única y selecta. Este cambio de percepción respecto a mis raíces y a mi ciudad natal fue un lento proceso que se extendió a lo largo de varios años y orientó para siempre mi vida profesional y el acercamiento a mi identidad. De hecho, fue decisivo en la manera en que me habría de definir.

    Sin embargo, nunca he idealizado mi ciudad natal a pesar de haberle descubierto virtudes singulares una vez alejada de ella. Para disipar cualquier duda a este respecto, quiero dejar bien claro que, para mí, el recuerdo del pasado y de mis raíces no pasa necesariamente por un sentimiento de nostalgia sino más bien por el reconocimiento de ciertas realidades históricas que trato de analizar y comprender con lucidez. Rara vez tuve la impresión de que el pasado era mejor que el presente y no echo de menos mi vida en Marruecos, aunque la considere como muy particular y fuera de lo común. En la medida de lo posible, trato de levantar el velo de la nostalgia que suele colorear los recuerdos para examinarlos con objetividad. La única nostalgia profunda que sentí durante años fue la pérdida del calor del hogar familiar. Como hija menor, me sentía rodeada y protegida por el cariño de mis hermanos, Salomónלז   , Isaac, Jaime y Alberto y de mi hermana Soly. Este sentimiento único se cristalizaba en las dos noches de Pesah, cuando mi padre y mis hermanos leían la Hagadá. La segunda noche era mi preferida porque se decía la traducción en ladino.

    A veces me culpabilizo por no sentir la nostalgia que sirve de bálsamo para suavizar la herida del exilio. Me parece algo así como un acto de rebeldía o ingratitud por mi parte. Sin embargo, me conmueve profundamente la visión entrañable de mis queridos amigos Solly Levy[4], Moisés Garzón Serfaty[5] y Abraham Botbol Hachuel[6] y el testimonio del mucho más joven José Garzón que, en 1974, a los 11 años presenció el cierre de nuestra querida escuela de la Alianza[7].

    Pero falta de nostalgia no significa falta de cariño. Creo haber rendido homenaje a mi ciudad natal, a la que quedaré vinculada para siempre, a través de mis investigaciones, tal como lo hizo Sarah Leibovici זל [8] y, en la actualidad, Jacobo Israel Garzón[9].

    Todo empezó en la Universidad de Columbia, en Nueva York, cuando conocí al profesor Samuel G. Armistead, eminente medievista y especialista del romancero sefardí. Hacía cinco años que había dejado Tetuán, pero ese tiempo contaba como doble ya que, en esos años, había completado mi bachillerato y licenciatura en París y, enfrentada a mi nueva vida de estudiante en Nueva York, empezaba a sentir la curiosidad nostálgica del caminante que se ha ido alejando progresivamente de su patria chica. El primer día de clase, al leer mi nombre, el profesor Armistead me preguntó si era sefardí y, más adelante, me animó a emprender mi investigación doctoral sobre el romancero.

    Fue el principio de una gran aventura. Tener la posibilidad de descubrir un tesoro cultural fascinante, depositado en la memoria de esos mismos tetuaníes que yo había relegado al pasado, fue un recorrido intelectual y emotivo único. Con mi magnetófono grabé de la boca misma de mujeres tetuaníes generalmente mayores, montones de romances, cantares de boda y canciones rituales, vinculadas con nuestro pasado español. Empecé con mi madre que había venido a Nueva York para mi boda con el amor de mi vida, Slavek Michel Librowicz, un ashkenazí de Polonia. Luego extendí mis encuestas a otros miembros de la familia y progresivamente llegué a entrevistar a gente que no conocía y no solo de Tetuán, sino de toda la zona norte de Marruecos en sus nuevos lugares de residencia: Nueva York, España, Caracas, Francia e Israel.

    Un rasgo muy interesante de las mujeres que me cantaban “cantares antiguos” (romances en la jerga universitaria) era la distinción que hacían entre la versión “antigua” y “moderna” de una misma canción. En efecto, con la llegada de los españoles al norte de Marruecos, se encontraron y, a menudo, se integraron dos tradiciones romancísticas, la peninsular cristiana y la sefardí, siendo ésta la más arcaica. Así, las informantes sefardíes me podían cantar La doncella guerrera, Gerineldo, ¿Por qué no cantáis, la bella, Delgadina y varios otros romances en dos versiones: la “antigua” o sea la sefardí, con su fonética y léxico del español del siglo XVI y la “moderna” , o sea la peninsular mayormente andaluza, aprendida de sus vecinas y amigas españolas. Cuando terminaban de cantar, me precisaban: “este es el cantar moderno, ¿quieres que te cante el antiguo?” o vice-versa. Esa conciencia histórica me parece característica del judío, sobre todo en la diáspora.

    De esta manera, a través de mis encuestas, descubrí un caudal inesperado que no solo me apasiona sino que me permite relacionarme con mi ciudad natal y con los míos de una manera nueva, totalmente distinta. Esa es la fuerza secreta del exilio. Se descubre en el momento en que la separación ya no se vive como pérdida y ruptura amarga sino como un manantial de aguas frescas de las que uno sale fortalecido en su propia identidad.

    Que sirva de ilustración este cuento tradicional judío de Polonia:

    Hace mucho tiempo vivía en Cracovia un humilde artesano llamado David ben Isaac. David vivía con su mujer y sus hijos en una miserable casucha. Trabajaba mucho pero tenía apenas para vivir. A David le gustaba soñar y uno de sus sueños más queridos era poder celebrar un día el Shabbat con holgura: tener una mesa bien puesta con ricos manjares con que deleitar a toda la familia. ¡Eso le habría colmado de felicidad!

    Una noche, David tuvo un sueño extraño. Soñó que se encontraba debajo de un puente ante un magnífico palacio y allí oía una voz que le decía: “David, estás en la gran ciudad de Praga, debajo del puente que lleva al Palacio Real. En ese lugar se encuentra un tesoro; solo tienes que excavar la tierra y será tuyo”.

    Al despertar, David pensó que su sueño era absurdo. Pero, por tres noches consecutivas, tuvo el mismo sueño hasta que se lo contó a su mujer y  decidió ir a Praga. Como era muy pobre, no le quedaba más remedio que hacer el viaje a pie. A veces, en el camino, David se desalentaba y su decisión le parecía pura locura.

    Al cabo de siete semanas, llegó a las puertas de la gran ciudad de Praga y de allí fue al puente del Palacio Real y se quedó pasmado porque todo era idéntico a como lo había soñado. De pronto, se le acercó el capitán de la guardia real y le preguntó lo que estaba haciendo. Entonces David le contó su sueño y el capitán le contestó: -Pues, mira, si yo le hiciera caso a mis sueños, no estaría aquí porque yo también tuve un sueño y oía una voz que me decía que fuera a Cracovia a casa de un judío llamado David ben Isaac y que allí, debajo del hogar, no tendría más que excavar para descubrir un tesoro. ¿No te parece algo descabellado? Anda, hombre, vuelve a tu casa que pierdes el tiempo aquí”.

    A David le dio un brinco el corazón. ¿Se trataría de su propia casa? Si le había tomado siete semanas para recorrer el camino de Cracovia a Praga, solo le bastaron tres para regresar, tan impaciente estaba por saber si en su casa se escondía un tesoro. Y ¡claro que sí! Un tesoro suficiente para celebrar el Shabbat como D-os manda y  permitirle a David y su familia una vida holgada por muchos, muchos años”.

    Así fue como yo misma descubrí en mi propia ciudad un tesoro inesperado del cual no sospechaba la existencia, un tesoro que anhelaba ser descubierto. Nunca olvidaré la emoción que me proporcionaba escuchar cada canción y saber que era el fruto de una memoria colectiva cinco veces centenaria. A esto se añadía la oportunidad única de rescatar esos cantares del olvido. De una manera imprevista, mi investigación universitaria esclareció y afirmó mi identidad sefardí. Aunque los cantares que recogí forman parte de un repertorio principalmente laico, tomé conciencia del arraigo de nuestros antepasados hacia sus raíces hispánicas. Comprendí que yo también era un eslabón en la larga cadena de transmisión, no ya de un patrimonio folclórico, pero de valores propios al pueblo judío.

    En 1492, como en otros momentos críticos de nuestra historia, muchos de los nuestros, la mitad dicen, se quedaron en España renunciando así a la Alianza que D-os estableció con Abraham. Saber que mis propios antepasados prefirieron el exilio a la conversión me honra, me une indisolublemente a ellos y me responsabiliza. Si ellos sacrificaron tanto para permanecer judíos, ¿qué derecho tendría yo a romper esa cadena? Transmitir el legado espiritual de mis padres a mis hijos, Emmanuel, Benjamin y Joëlle, para que ellos lo transmitan a su vez a los suyos, esa es mi aspiración más querida.

    Tras el largo periplo que me llevó de Tetuán a Montreal, pasando por París y Nueva York, mi identidad se enriqueció y se fortaleció y, como la túnica de Yosef, es semejante a un caleidoscopio, en el cual lucen colores varios y diversos, que reflejan los diferentes aspectos y etapas de mi vida, cristales de facetas múltiples que convergen hacia un mismo punto: mi esencia judía sin concesiones ni ambigüedad alguna.

    Oro Anahory-Librowicz

    Publicado en Ufrán. Relatos de autores judíos del Norte de Marruecos, Madrid: Hebraica Ediciones, 2010, p. 27-41.


    [1] En el norte de Marruecos, la consonante hebrea « tsadek » se pronunciaba como una « s ».

    [2] En árabe, de acuerdo, está bien.

    [3] Pasear a la novia por la casa en la noche de berberisca.

    [4] Yahasrá. Escenas haquetiesquas, Édition E.D.I.J., Canada, 1992.

    [5] Tetuán. Relato de una nostalgia, Centro de estudios sefardíes de Caracas, Caracas, 2006.

    [6] El desván de los recuerdos. Cuadros de una judería marroquí, CESC, Caracas, 1989.

    [7] Su artículo “Il était une fois … il était une dernière fois … » está en el sitio Internet de BELSEF.

    [8] Chronique des Juifs de Tétouan (1860-1896), Éditions Maisonneuve et Larose, Paris, 1984.

    [9]  Los judíos de Tetuán, Hebraica Ediciones, Madrid, 2005.

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