Por Abraham BENGIO

REY NO PUEDO, PRINCIPE NO ME DIGNO, TANGERINO SOY…
MUCHAS VECES PIENSO QUE TÁNGER ERA UN ESTADO DE ÁNIMO Y
QUE PROBABLEMENTE SE INSTALA PARA SIEMPRE EN ESA PARTE UN
POCO FANTASMAL DE LA MEMORIA EN LA QUE ALGUNAS PERSONAS
NO SABEMOS DISTINGUIR LO QUE FUE VERDAD DE LO QUE FUE
MENTIRA. 1
Eduardo Haro
A mis hijos Ariane, Rafael y David, nacidos en Barcelona, Reims y Besançon,
con la esperanza un poco loca de que lleguen a ser a su vez»en un recodo un
poco fantasmal de (su) memoria», judíos tangerinos…
NIÑOS
Un día iréis a Tánger, Perla del Estrecho, Ciudad Blanca, Tórtola sobre la
espalda de África (Sí, lo sé, esto se parece un poco a las letanías de la Virgen;
sin embargo, nada menos virgen que esta ciudad tanto tiempo ofrecida a los
que
querían tomarla).
Iréis a Tánger, conmigo o en recuerdo mío.
Pero no veréis, o tan pocos…, judíos.
Deberéis descubrir Tánger sin los judíos Tangerinos.
Es necesario, sin embargo, que sepáis que esta ciudad no puede en ningún
caso, a diferencia de los shtetels de
Polonia, denominarse judenrein (expresión nazi que quiere decir, más o menos,
«desembarazada de judíos»), y esto al menos por tres razones.
La primera es que no hubo aquí masacres; nadie nos expulsó: un día creímos
que la hora de partir había llegado, y eso es todo. La segunda es que los judíos
tangerinos, dispersos a través del mundo, siguen prisioneros,
apasionadamente, de los encantos poderosos y de los sortilegios de esta
ciudad. La tercera es que Tánger, aunque más de treinta años hayan
discurrido, no ha olvidado a sus judíos. Hay incluso una cuarta: es que quedan
aún en Tánger algunos judíos,semejantes a las rocas testimoniales salvadas de
la erosión; agrupados
alrededor de una única sinagoga, guardan nuestros cementerios y se reúnen
por la tarde en el círculo, el «casino de Tánger».
Hay que decíroslo enseguida. Los judíos de Tánger cometieron el pecado de
orgullo; como si el mundo judío fuera dividido por ellos en dos categorías: los
judíos tangerinos (17.000 almas en el momento de apogeo de la comunidad) y
el resto del Universo. Algunos, llenos de tolerancia y amor al prójimo, y que
habían viajado mucho, aceptaban reconocer como casi humanos a los judíos
de Tetuán, incluso, alcanzando un límite extremo, a los de la antigua «zona
española»: Larache, Arcila y Alcazarquivir.
Pero los intrépidos exploradores que no habían temido visitar las sinagogas
«del interior» (sobreentendido, de Marruecos), o que, empujados por una
curiosidad tan insaciable como
temeraria, habían penetrado, en París por ejemplo, en un oratorio de rito
constantino o polaco, no creían a sus oídos cuando se les afirmaba que esos
sonidos extraños que oían eran considerados por sus autores como hebreo.
Por el contrario, hay que ver cómo se ilumina, aún hoy, el ojo de un judío
originario de Tánger cuando se encuentra con un árabe tangerino con un
«europeo» que conoció el Tánger «de la gran época» («europeo» es un
concepto amplio que engloba también las Américas, tanto del Norte como del
Sur), para medir la simpatía mezclada de consideración que les
tiene, menos por sus cualidades propias que porque son testigos de su gloria
pasada.
En breve, para el judío de Tánger, la noción de pueblo elegido no tenía sentido
más que si se admitía que algunos
eran más elegidos que otros… Plagiando la divisa de los Rohan, habría gritado
con gusto: «¡Rey no puedo, príncipe no me digno, tangerino soy! ».
Me conocéis, niños: cuando tengo el humor chirriante, es para
disimular mi pena. Haría mejor en intentar haceros comprender porqué los que
se fueron siguen inconsolables. Pero, si
podemos preguntarnos lo que los judíos perdieron abandonando Tánger, y lo
que Tánger perdió con la marcha de
sus judíos, la razón profunda de nuestra nostalgia va más allá de esta pérdida;
en realidad, temblamos al descubrir que lo que se borró bajo nuestros
ojos,«como en la orilla del mar un rostro de arena», es sencillamente un arte de
vivir, un modo de estar en el mundo, estrechamente determinados por un
contexto tan singular que nunca más, en ninguna parte, la especie humana
volverá a descubrir ese secreto.
Todo exilio es un desgarro y un sufrimiento: he aquí un bello lugar común. Pero
aquellos que han echado la vista
aunque sólo sea por una vez en su vida, sobre la bahía de Tánger, acordarán
conmigo que el dolor es más punzante cuando se lleva el luto por una belleza
tal.
Sabios mayores que yo sitúan el Paraíso Terrestre entre el Tigris y el Eufrates:
es que no conocen, o mejor aún, que no han conocido Tánger.
Dulzura del clima; suavidad dichosa de los paisajes, apenas
contrarrestada, entre el cabo Espartel y el cabo Malabata, por los esponsales
vigorosos del mar y del océano o por el
silbido obstinado del viento del Este, que llamábamos levante; estallido casi
insostenible, contra el sol del mediodía, de las fachadas de cal blanca
matizadas de azul pálido contrastes violentos y armoniosos -es ese el mayor
milagro- de las lenguas, de los trajes, de los olores, de los ritos: generaciones
de viajeros, sin equipaje o varias veces millonarios, ¿no han dicho todo sobre la
fascinación que ejercía esta ciudad incomparable? Admito que por ser allí
nacidos, de padres que también lo eran, al igual que todos sus abuelos, no
teníamos siempre conciencia del valor, y aún menos de la fragilidad de todas
esas riquezas ofrecidas con profusión; ¿se pregunta a un pez lo que piensa del
mar? Llega sin embargo el día
en que es necesario aprender a respirar en tierra firme …
Como si las bendiciones de la naturaleza no fueran suficientes, las hadas
madrinas nos ofrecieron igualmente ese Estatuto Internacional, nueva fuente de
prosperidad y de intercambios
económicos y culturales de todo orden, de los que los judíos de Tánger no
fueron ciertamente los últimos en aprovecharse. En su sequedad, la curva
demográfica es bastante elocuente: 800 judíos en Tánger en 1808, 2.000 en
1835, 2.600 en 1856, 3.500 en 1867… y de pronto, 10.000 en 1923, 12.000 en
1945, 15.000 en 1950, y finalmente -cima de la curva- 17.000 en 1956.
Para memoria, ya no eran más que 4 000 en 1968 y 250 en 1970; no conozco
las cifras de 1996, y prefiero ignorarlas.
En cuanto a mí, abandoné Tánger en 1964, a la edad de catorce años: si mi
infancia y hasta mis primeros amores fueron tangerinos, no comprendía gran
cosa en revancha del Tánger de los adultos, de ese mundo diurno de los
negocios (pero me acuerdo de los cambistas, esos personajes misteriosos que
veía oficiar en sus divertidos y pequeños
kioscos) o de ese, más nocturno, de los placeres. La imagen que guardo de la
ciudad no está pues polucionada por el recuerdo, más o menos legendario, de
un Tánger centro de tráficos extraños o de inusitadas voluptuosidades.
Pero las sensaciones de la infancia permanecen tan vivas todavía que
provocan, a veces, dolores comparables a los que dicen que experimentan los
amputados. Cuando en cualquier
lugar del mundo me muestran sus playas, me extraño a menudo de que
personas aparentemente sanas de espíritu puedan designar así a una
extensión de guijarros o de gruesa arena, bañada por aguas nauseabundas
donde se pierde pie a los pocos metros.
Incluso una campiña sin eucaliptos ni mimosas, ni rebaños de cabras al caer la
tarde, me fastidia como el más soso de los potajes.
Pero sobre todo, me dan pena los esfuerzos que hace falta desplegar, entre
nosotros en Francia(2), con el fin de
promover el respeto y el reconocimiento mutuo entre las comunidades de
orígenes diferentes -lo que bautizamos
pomposamente como «interculturalidad»: es que me acuerdo de esos días de
verano en los que, después de un baño de mar, podíamos elegir entre degustar
una pastelería francesa en Porte, o judía en casa Pilo o Anidjar, o comer unos
churros madrileños mojados en un chocolate tan espeso que la cuchara se
tenía de pie sin inclinarse, o aún ir a buscar al mercader ambulante llegado de
Andalucía con sus barquillos crujientes (son las oublies, tan caras a Jean
Jacques Rousseau), antes
de sentarnos en una mesa en casa Elías para encargar keftas y
pinchitos morunos y terminar la jornada en la Nueva Ibense, el café valenciano
célebre por su horchata y su granizado de limón.
Todas esas delicias eran ocasión para oír hablar a cada uno en su lengua o con
su acento específico, y pasar, en la misma tarde, de Mozart al cante jondo y a
la música oriental.
Más seriamente, me acuerdo cómo cada viernes por la tarde y cada día de
fiesta mi padre me tomaba de la mano; abandonábamos el Tánger moderno del
Boulevard Pasteur, con inmuebles «a la europea» y bellos almacenes, para
remontar la historia hacia el Tánger tradicional; atravesábamos barrios con
fuertes olores a estiércol, a especias y a menta fresca, pasábamos delante de
una mezquita, bordeábamos el viejo cementerio judío, cuyo olor tranquilizador,
grabado en mi memoria, basta aún hoy día para hacerme más dócil con la idea
de la muerte, y llegábamos, por fin, a la calle de las Esnogas, la vieja calle de
las sinagogas para tomar parte en el
oficio religioso.
Bastante, hijos míos. hemos sacrificado a la nostalgia. Mejor trataré ahora,
como un historiador se asoma a una
civilización desaparecida, de contaros lo que eran esos judíos de Tánger del
tiempo feliz, donde la preposición «de» no significa un origen sino una
pertenencia.
Hace dos años, España conmemoraba con un estallido paradójico el quinto
centenario de la expulsión de los
judíos por los Reyes Católicos. Para atenuar la paradoja, la joven democracia
española resolvio situar las ceremonias bajo el signo del encuentro.
Exposiciones, libros de estudio o de vulgarización, y documentales, hicieron
descubrir al gran público el destino singular de esos judíos sefardíes, fieles a lo
largo de los siglos a la lengua y a las costumbres de su ingrata patria.
Tánger fue a la vez la primera y la última de esas ciudades sefardíes hoy
legendarias. La última, pues la partida
de los judíos tangerinos es posterior en más de veinte años a la Shoah, en el
curso de la cual, como sus hermanas asquenasíes, las comunidades judías
hispanófonas de Europa central fueron exterminadas por los nazis: al final de la
segunda guerra mundial, Salónica, la Jerusalén de los Balcanes, cuya
población estaba constituida en su
mayoría por judíos sefiardíes, fue literalmente borrada del mapa del mundo
judío. Y durante veinte afios, Tánger fue (con su «tierra adentro»: Tetuán, Arcila,
Larache, etc.) la única comunidad en el mundo donde los judíos autóctonos, en
número significativo, se expresaban naturalmente en judeoespañol, es decir, en
ese castellano derivado del siglo XV que los exiliados de España habían
llevado con ellos; un castellano muy antiguo mezclado de hebreo, y cuya
variante
local, con sus préstamos del árabe, se denomina haketia: es la lengua de la
que me sirvo todavía cuando os digo palabras dulces: mi rey, mi vida, mi jial
pintado, mi diamante fino, luz de mis ojos, me vaya yo kapará por ti, escapado
de mal me seas, escapado de ain ará….
Última ciudad sefardí, Tánger fue también la primera, e incluso
adelantada. Carlos de Nesry, en su obra sobre Le Juif de Tanger et le Maroc,
hace la observación. Hablando del aporte
español tan decisivo en la historia de esta comunidad, nota que «precedió al
éxodo judío bajo los Reyes Católicos.
Desde la alta edad media se establecieron contactos con la Península.
Es la época que se puede llamar presefadí. La Edad de oro del judaísmo
español tuvo reflejos tangerinos. Se puede incluso avanzar que el renacimiento
sefardí se desarrolló sobre las dos orillas del Estrecho.
Obviamente, los Halevy y los Mainiónides, faltaron de este lado. Pero un
parentesco espiritual innegable se estableció desde esas épocas, que los
imperativos geográficos no podían más que favorecer. El decreto de Isabel de
Castilla fue el final de estas premisas.
Extinguida en España, la llama de esta civilización pasó a estas orillas donde
continuó brillando con un resplandor menor pero sobre duraderas reservas».
Vayamos hasta el final de este razonamiento, y lleguemos a la
conclusión de que los judíos de Tánger han cultivado la referencia a España
durante más de un milenio, más que
ninguna otra comunidad sefardí en el mundo, y más tiempo que sus propios
antepasados en la Península ibérica, pues hay que admitir que mil años antes
de la expulsión, hacia el fin del siglo V, antes incluso que la conquista árabe,
había judíos en España… pero España no había nacido todavía. Como siga
exaltándome, me haríais escribir que los judíos de Tánger fueron, en la víspera
de su partida, la más antigua comunidad judía española que jamás haya
existido…
Si el sefárdismo puede definirse como una doble nostalgia, la del Templo de
Jerusalem y la de los fastos de la civilización española -Toledo y Córdoba-, el
judío tangerino es la
quintaesencia. El celoso cuidado que aporta a la
pronunciación del hebreo es una prueba suplementaria, aunque inesperada.
Este punto exige sin duda una palabra de explicación. Si la lengua hebraica,
bajo su forma escrita, se ha trasmitido piadosamente sin la menor alteración a
lo largo de generaciones y a través de todos los exilios, su pronunciación, por el
contrario, ha sufrido mucho al contacto, aquí del árabe, allá del alemán y de las
lenguas eslavas, más allá del turco. Unicamente las comunidades sefardíes, y
muy particularmente las del norte de Marruecos, han podido mantenerse fieles
Por una combinación de azares históricos y geográficos- a la pronunciación
original. El Estado de Israel ha reconocido este fenómeno al proclamar
oficialmente que nuestra manera
de pronunciar las vocales, de arrastrar las r, de marcar las
consonantes guturales (os ahorro por esta vez las restantes
sutilidades, tales como la guimel con o sin daguesh, o la penosa pronunciación
asquenasí de la tav final …) era la única correcta.
Oficialmente, cierto; porque en la realidad, la pronunciación israelí es el
resultado de un compromiso entre este ideal… y las limitadas posibilidades de
las gargantas de los pioneros, cuya lengua matemal era el ídish, el ruso o el
polaco. Como esta pronunciación llamada moderna tiende a expandirse por
mimetismo en toda la diáspora, hay que esperar que en el día del Juicio Final,
quede un judío tangerino para servir de intérprete entre los partidarios de la
pronunciación moderna
y las generaciones de la Biblia y el Talmud.
Se me ocurre que esta digresión lingüística, que presenta al judío tangerino
como un altivo guardián de la ortodoxia, podría induciros a error. Podríais llegar
a representaros a nuestra comunidad como un bastión del integrismo. Estamos
carnalmente unidos a una pronunciación del hebreo
que no tuvo que sufrir los tormentos del gueto o del mellah, es verdad: pero se
trata de un placer sensual, que no se acompaña de ningún rigor en materia de
práctica religiosa.
Puede que toquemos aquí el punto capital: lo que caracterizaba a los judíos de
Tánger era un judaísmo sonriente,sin ostentación ni obligaciones inauditas, con
una evidencia tan
natural como el aire que se respira. A cien leguas, a mil años-luz de los dos
peligros que acechan a la mayor parte de las comunidades judías occidentales:
la asimilación de unos, que vacía a las comunidades de su sustancia, y la
demagogia histérica de los otros, especie de fantasma pseudofundamentalista,
siempre a la búsqueda de
nuevas prohibiciones.
Judíos éramos, orgullosos de nuestros orígenes y decididos a
perseverar en nuestro ser. Pero conv