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El Quijote Universal. Capituló 47 de la parte segunda.   

     En El Quijote Universal Siglo XXI. Editado por José Manuel Lucía Megías. Madrid: A. Machado Libros, 2016.

    Haketía
    Traducido por Alicia Sisso Raz
    2016
    Primera traducción

    Capítulo 47
    Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno

    Capituló 47
    Ande se sigue contando de Sancho Panza y cómo se portaba en su gobierno

    Conta de lo que vino a ser dezde el ĵuzgado cuando le levaron a Sancho Panza a una maravía de palacio endiamantado; ande en una sala grande estaba puesta una mezza de cómo y cómo, brillando de limpiezza, que ansí se haga el mazzal. Y daca que Sancho entrando en la sala, tocaron los shofares, y salieron cuatro paĵes pa lavarle las manos, lo que Sancho recibió con muncha graveda

    La muzicá paró, y Sancho se asentó a la cabesera de la mezza, pamorde que no había otro asiento ni otros platos en aquella mezza. Un aquel con un palito de ballena en su mano, que aresultó discués que era un medicó, se puzzó de pie cabe él.

    Viñeron los paĵes y arsaron un mandil de Holanda fina, blanco azahar, que cubría las frutas y un wuenque de manĵares de talles y maneras. Uno de los paĵes, que parecía estudiante, disho la berajjá, y un paĵe le puzzó a Sancho un babi con filitos de encashe;  otro, que parecía el maestresala, le sirvió delantre de él un plato de frutas. Ma daca que Sancho ni alcansó de comer un bocado de ello, y el del palito tocó el plato, y se  le quitaron corriendo en una volada. Ma halaquí que el maestresala le trushó otro plato con otro manĵar, ma al momento que Sancho iba a gostar un bocadito, el del palito tocó ˤawed el plato, y un paĵe le arsó volando con grandes ḥalḥalás, igual como lo hizo el de la fruta. Wa nonbalde que mirando esto Sancho se quedó ˤaĵbeado. “A qué mal de trampantoĵo es este”, disho él, y pescudó si toda esa cena de cómo y cómo no es una trampina ĵuguetona. Vino el del palito y le arrespondió:

    “Señor gobernador, anque se aĵunte el cielo con el suelo, no ha de comer cualquier ḥaĵita que no es la uzansa de comerla en las otras insulás, ande hay gobernadores. Yo, señor, soy medicó, y contratado soy en este luguar pa mirar por los gobernadores. Yo miroy por la salud del gobernador más que por la mía, y sigoy ambezzandome días y noches, echando mi oĵo y parando mis mientes a la salud y al bien estar del gobernador. Y si vendrá a ser que se caiga malo, que el Dio no lo deshe pasar, vendré yo y le amenĵuraré. Y lo más emportante que hagoy es ponerme cabe él cuando come;  desharle de comer lo que a mi parecer es wuenezito namás, y quitarle del todo lo que yo azneoy que no le hará bien y le va a endañar su estomagó. Es por eso que yo lo mandí que le quiten el plato de frutas, pamorde que son demaziado aguadas. El otro manĵar le quitaron por ser demaziado cayente y con un ˤolam de especias, lo que trae muncha sed. ¿A ma no se sabe bien sabido que el beber muncho arremata la humedad en el cuerpo, la que es el manadero de la vida?”

     “Wa si esto es esto”, Sancho disho, “el aquel plato de perdices assadas, las que a mi parecer están aliñaditas con comedida, no me endañará.”

     “No haya mal que eso pasara por el tragapán del señor gobernador, en tanto que yo me quede vivo”, le arrespondió el medicó.

    “¿Y porque ˤawed”? Sancho disho.

    “Eso es por aseguir lo que disho Hipócrates, el ḥajám más cumplido y cabal de la medicina”, arrespondió el  medicó: “Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Lo que quiere dizir: ghatear la alma es una cozza preta, ma ghatearla con perdices es cuantimás y cuantimás empretecida”. 

    “Wa si es ansí” Sancho disho “que me diga el señor dutor cuál de todo el wuenque de manĵares en esta mezza me vendrá más bien, y cuál de ellos me endañará menos, y deshamé comerlo sin que me lo ḥafteen. Pamorde que, por vida del gobernador, y que el Dio me deshe vivo pa gozzarme en ella, estoy muriéndome de la flaquezza, y quitarme la comida, por más que esa no le paresca wuenezita, señor dutor, y por más que me lo diga, es quitarme la vida que aumentarmelá.”  

    “Vuestra merced tiene razón, señor gobernador”, le arrespondió el medicó, “ma yo jammeoy que vuestra merced no tiene de comer nenguno de los coneĵos guizados que están ahí, pamorde que son defícil pa el estomagó. La ternera, si no fera assada y aliñada, la pudiera gostar, ma por mal ansí la guizaron.”

    Vino Sancho y le disho:

    “El aquel plato grande que está más adelantre, ¿a no será una adafinita? Wa por ser una ḥaĵita hecha con munchas cozzas de talles y maneras, ya podré topar en ella un alguito que sea gustozzo y que me vendrá bien.”

    “Woh, woh, no haya mal, ni mal mos venga”, disho el medicó. “Leshos de mozotros se quede este penserio kefseado: en el ˤolam entero no hay una comida más encarbonada que una adafina. Este guizado es pa los zaˤatotes, pa directores de colegios, au pa las bodas de los patanes, que no saben nada de wueno. Ma, leshos se quede de las mezzas grandezzas de los gobernadores, ande cada ḥaĵita se espetiĵa con muncho cuidado y es de lo más meĵor. Y la razón es que dezde siempre, por cualsequier, y en siete haumas y un forno, ya se sabe bien sabido que las melezinas simples son más validas que las melezinas compuestas, pamorde que en las simples no se puede yerrar, ma haremos woh por lo que se fafea en las compuestas, trocando las cantidades de las cozzas que van en ellas. Es por eso que yo saboy cual son las ḥaĵitas que el gobernador tiene de comer pa quedarse sano y rezio. Yo le daré cien galletitas y unas rodaĵitas finitas de membrío, que le vendrán bien a vos y serán consolozzas pa sus tripas.”  

    Estando Sancho oyendo esto, él se arrimó atrás en su sía, y espetiĵando al aquel medicó, le pescudó con voz grave, que cómo se llama y ande feron sus ambezzamientos. A lo que el medicó le segundó:

    “Yo, señor gobernador, me llamoy el dutor Pedro Recio de Agüero, y nací en el luguar que se llama Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodovar del Campo, a la mano derecha, y tengoy el grado de dutor por la universidad de Osuna.”

    Vino Sancho, y todo él una ĵennía de muerte, y le disho:

    “A ferazwal señor dutor Pedro Recio de Mal Agüero, nacido en, zaˤama, T[ir]teafera, luguar que está a la mano derecha como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en Osuna, te lo digoy yo agüera que alevantes tus tuídos y vaite, vaite de mi espetera. Que si no, ĵuroy por el sol que mos alumbra que te voy a dar una ḥarboná de las ḥarbonás, y te hare tus carnes shabón con un palo, y ampesandolo con tigo, lo sigueré haziendo ḥattá que no quede ni amo ni dueño de un dutor en toda esta insulá. Por lo menos, no quedará una alma viva de los aquellos matasanos aznos. Los medicós ḥajamím, prudentes y wuenezitos, los arsaré sobre mi cabesa, y los haré kabód, como si feran malajím. Y te lo digoy ˤawued: fuyeté de aquí, Pedro Recio; que si te coĝoy entre manos, tomaré esta sía, ande estoy asentado y te la quebroy sobre tu cabesa. Y si vendrán a demandarme por lo que hizí, yo saldré con mis manos limpias, pamorde que hizí un servicio al Dio por arrematar el nombre de un dutor matasanos como ti; un verdugo de la republicá. Y agüera, daime de comer, y si no, tomaivos este gobierno, que un oficio que desha a su amo y dueño de tener flaquezza, es un caldo de habas.

    El dutor se dezgustó, y mirando que el gobernador está enkaˤasadó, él quiĵó hazer un irteafera de la sala, ma ĵusto en ese momento vino a ser que un shofar de posta tocó en la caleĵa, y el maestrosala  asomandose por la ventana, disho:

    “Halaquí que viene una letra del duque, mi señor, algúna cozza de emportancia debe de ser.”

    El mensaĵero, y todo él un espantiĵo y sudores, se entró y sacó un papelito de su faldiquera, y lo puzzó en las manos del gobernador. Vino Sancho y se lo puzzó en las manos del mayordomo, y le comandó que le leerá la letra, la que dizía esto: A don Sancho Panza, gobernador de la insulá de Barataria, en su propia mano au en las de su secretario.

    Oyendo esto, Sancho disho: “¿Wa quién es aquí mi secretario, pa que lo sepa yo?” Vino uno de los aquellos que estaban ahí y le segundó: “yo, señor, pamorde que saboy leer y escribir, y soy vizcaíno.”

    “Con esa añadedura”, Sancho disho, “no te faltaría nada más pa ser mezmo el secretario de un emperador. Wa abre esta letra y míralo bien mirado qué es lo que dize.”

    Y ansí lo hizo el zaˤama secretario, y leyendo lo que leyó de ello, disho que se trata de una cozza que hay de leerla a escondidas. Vino Sancho y comandó a todos los oidores, y al medicó tamién, a despeĵar la sala, y al mayordomo y al maestresala los disho que se queden. Ansí que discués el secretario leyó la letra, que dizía esto:

    Me legó una noticia preta, que nuncua me legaría, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos que moran en esa insulá, se van a seltear sobre ti con muncho essem. Por el negro mazzal, yo no lo saboy en qué noche. Quédate velando, paque no te tomen por sorprezza. Lo saboy tamién por espías wuenezitos, que ya se metieron en este luguar cuatro de ellos, preta sea sus quedadas, disfrazzados ya, pa quitarte la vida, y eso pamorde que tienen un espantiĵo de tu vivezza tan grande y luzzida. Siendo ansí, abre tu oĵo y pon mientes, y míralo bien mirado quién aquel viene pa hablarte, y no comas ni una nonada de lo que te den de comer. Tekleate en mí, que yo vendré  corriendo pa fukkearte, si los mal.logrados te harán alguna ˤamlá. Ma hazlo todo como se espera de un ferazmal de entendimiento como ti. De este luguar, a 16 de agosto, a las cuatro de la alborada.

    Vuestro amigo,                                                    

                                                                                       El Duque.

    Oyendo esto, Sancho se quedó asombrado, igual que los otros, y él le disho al mayordomo: “Es menester agüera de meter al dutor Recio al prizión, pamorde que ¿quién será si no él, el mal.logrado que me quiere quitar la alma?, y matarme con la mano escondida quiĵó él, de una flaquezza dolorida; a quién me lo quiĵere, y me lo desearé.”

    “Ma”, el maestresala disho, “es de mi parecer que vuestra merced no tiene de comer nada de las ḥaĵitas que están sobre la mezza, pamorde que lo guizaron unas monjas, y woh se haga por lo que se sabe, ¿a no es que detrás de la cruz está el melˤok del huerco?”

    “Por mal, esto pueda que sea” segundó Sancho, “ma por agüera daime un pedaso de pan y unas cuatro libras de uvas, que en ellas no se podrá meter el solimán. Por todo que sea, sin comer, no lo puedoy pasar. Y si tenemos de ser aprontados pa estas matansinas que mos asperan, meĵor estar hartos, pamorde que tripas llenas arsan corassón, que corassón las tripas. Y tú, secretario, segundalé al duque, mi señor, que todo se hará y se cumplirá sin faltar ni una nonada de lo que él comanda. Y bezzala las manos de mi señora, la duquesa, de mi parte, y dila que de rodías se lo pidoy que no se la rezbale al olvido de mandar con un mensaĵero mi letra y el bulto a mi muĵer, Teresa Panza. Y ese favor grande, se lo jalfearé sirviendolá con toda la ferza que me dió el Dio. Y en tu camino bezzale las manos a mi señor, don Quishote de la Mancha, pa que lo sepa que yo estoy agradecido pa siempre. Y tú, igual como un secretario wueno y vizcaíno, puedes añader qadeso más de lo que quieres y de lo que es emportante a tu parecer.”

    Y agüera, quitai del medio estos mandiles, y daime de comer, pa que me ḥazmee a escuentra de la guezera de espías, matadores y fechizzeros, que viñeron a seltearsen sobre mí y sobre mí insulá.

    Ellos estando en esto, y halaquí que entró un paĵe y disho: “Aquí mos viene un labrador que haze dimes y diretes, y quiere hablar con vuestra señoría de una ḥaĵa, y lo dize él, de muncha emportancia.”

    “Wa esto de mercaderes hablando de ḥaĵas, no viene en libros”, Sancho disho. “A estas horas nací yo en ca de babá. Será posible que son tan bobetones, ḥattá que no se fetnean del ˤaĵeb, y vienen a contar sus dimes y diretes a estas horas? ¿A qué guayyas son estas; a no es que mozotros, los que gobernamos, los que semos dayyaním, no es que semos tamién de carne y hueso? Es menester que mos deshen arrepozar, como el Dio mandó. Ma a mi parecer es que quieren que seamos de piedra y mármol. Por el Dio de los cielos y mi conecencia, que si el gobierno me dura y tendrá tekumá, (y como lo miroy yo, esto no va a tener tekumá), yo voy a enderechar a más de un mercader. Agüera digaile a ese ferazmal que se entre; ma asegurailo emprimero, que no haya mal si es uno de los espías au un matador que viene por mí.”

    “No señor”, arrespondió el paĵe, este ferazmal parece una alma de cantaró, au yo saboy poco si él no es wueno como el pan.”

    “No hay que tener nengun espantiĵo”, disho el mayordomo, “que aquí estamos todos mozotros.”

    Vino Sancho y disho, “agüera, que el dutor Pedro Recio no está aquí, ¿a no será posible maestresala, de comer alguna ḥaĵita que alimentará mi alma, aun si será un bocado de pan y una cebolla namás?”

    “Esta noche, a la cena, le vendrá a vos la hartura, y vuesta señoría comerá ḥatta que se le ghatee su alma.

     “De tu boca a los cielos” Sancho arrespondió.

    Estando en esto, y el labrador entró. Y este era de wuena prezencia, y se podía ver de mil leguas que era con niyya y su alma wuenezita. Emprimero disho él: “¿Quién es aquí el señor gobernador?”

    “Wa quién puede ser”, arrespondió el secretario”, sino él que está asentado en la sía?”

     “Me agachoy a su grandezzía”, disho el labrador, y se puzzó de rodías, y le pidió la mano pa bezzarsela. Wa esto es esto, Sancho no se la dio y le comandó que se alevante y le diga que es lo que quiere. El labrador se alevantó y le disho: “Yo, señor, soy labrador, nacido en Miguel Turra, un luguar que está dos leguas de la Cibda[d] Real.

    “Wa llamai a Tamar que mos fukkee, que aquí tenemos otro “irteafera!” Sancho disho.

    Mira, ferazmal, lo que te puedoy dizir es que yo conoscoy bien conocido a Miguel Turra, pamorde que no está muy leshos de mi pueblo.         

    “Wa, es que la cozza, señor”, siguió el labrador, “que yo, por los ḥasadím del Dio estoy en un cazzawueno asigún la Santa Iglesia Catolicá Romana; tengoy dos hiĵos estudiantes. El chiquito está ambezzandose pa bachiller, y el mayor pa licenciado. Ma, yo soy viyudo, que mi muĵer se arrancó de la vida, au dizir las cozzas como son, me la mató un dutor matasanos, que ansí le mate el Dio, cuando estaba empreñada. Y si el Dio apiadaría y el parto saliera a luz y fera hiĵo, yo le puziera de ambezzar pa ser medicó, pa que sus hermanos, el bachiller y el licenciado no se descariñen por él”.

    “Si lo tengoy entendido”, disho Sancho, “siendo que si tu muĵer no se faltaría de la vida, au no la matarían los aquellos matasanos, tu no feras agüera viyudo.”

    “No, señor, en nenguna manera”, arrspondió el labrador.

    “Wa ya mos luzzimos agüera; bendicho él que le entiende”,  Sancho replicó. “Wa sigue, sigue ferazmal, que la hora es pa durmir que pa dimes y diretes”.

    “Wa lo digoy yo,” disho el labrador, “que este hiĵo mío, el que va a ser bachiller, se encarameló de una muĵer mozzada del mezmo pueblo muestro, llamada Clara Perlerina, hiĵa de Andrés Perlerino, un labrador acabdalado, achocado de chavos. Y este nombre de Perlerines, no los viene de ca de sus padres ni siendo suyo dezde dorot y dorot, ma es pamorde que todos ellos, no sepamos de mal, son paraliticós, y pa el ˤabú y pa ameĵorar el nombre los llaman Perlerines. Anque si diremos la verdad, esta  muĵer mozzada es como un aĵĵofar dezigual. Si la miran por el lado derecho, parece una flor hermozza de campo, ma haremos woh por el isquierdo. Es que la falta el oĵo, que le perdió, la amarga de ella, cuando tuvo las viruelas. Ma anque su cara, toda ella un gherballo con qadeso de buracos grandes, los sejenim que la quieren dizen que no son buracos, ma son meˤarás ande se apañarán las almas de sus amantes.

    Y tan limpia es ella, que por no ensiscar su cara, sus narices están, como dizen, arrecoĝidas pa arriba, ḥattá que parece como si fera que se están fuyendosen de la boca. Ma con todo esto, ella es un jial, pamorde que su boca es grande, un fondaq diría yo, y si no por la falta de unos diez au dozze dientes y mulas, su boca podría pasar por una boca hermozzita, muncho más que otras.  

    De los labios, me quedaré cayado mudo, pamorde que de lo estrechitos que son, un filo igualito de estrechura, se podría hazer madesha de ellos, si ansí fera la uzzansa de embobinar labios. Ma como que son de color desferenciado, oĵo no miró tal en otros labios, parecen una ˤaĵuba, pamorde que son rosheados con blu y verde como de la berenĵena. Ma, meḥilá señor gobernador si me voy pintandolá a vos filo por aguĵa, ya que al fin al fin va a ser mi hiĵa, y yo la quieroy bien querido, y ella no me parece un jaramuĵo por nada baˤolam.

    “A pinta, pinta; pintalá ĵusto como lo quieras”, Sancho disho, “que yo me enĵubiloy en la pintura, y que si algo pasaría en mi tragapán, esta pintura sería el meĵor asiento de veluntad.”

    “Ya estoy pa servirle a vos el asiento de veluntad”, arrespondió el labrador, “y ya legará la hora horada pa eso, si todavía no mos legó. Y lo digoy yo a vos, señor, que si pudiera pintar su ĝentilezza y la altura de su cuerpo, eso sí que fera una cozza de cómo y cómo. Ma eso no ha de ser, pamorde que toda ella atortushada y encoĝida, ḥatta que sus rodías legan a su boca. Y aun ansina, se da cuenta que si la amarga de ella pudiera alevantar su cabesa, se aĵuntaría con el terrado. Y si fera por ella, ya le daría su mano a mi hiĵo, ma es que no la puede estender, que toda ella un nudo. Y nada faltá, gher echar un oĵo en sus uñas largas y rayadas, pa consinter de su buendad y su hechura wuenezita.

    “Wa, ya está, ya está bien, no hay mal que por bien no venga, y lo digoy yo que pa el Dio nada es maravía”, Sancho disho, “pon mientes ferazmal, que ya la pintates de pies a cabesa. Y agüera, di me ¿qué es lo que quieres? Wa solta y qadeá, y dimelo bediuk, sin meshearte; sin dar vueltas, ni añadeduras, y ni más ideras.

    “Quería, señor”, arrespondió el labrador, “que vuestra grandezzía me escribiría una letra de wuenas palabras pa mi consuegro, pidiéndole sin eĵmil, de dar su berajjá a este cazzamiento. Wa con todo que sea, al fin al fin, ¿no es que semos qadde uno qadde el otro? ¿A no es que no semos deziguales ni en los bienes de este ˤolam y ni en lo que el Dio mos ketbeó? Wa si lo diré con franquezza, señor gobernador, es que lo que deshó la viruela, lo cumplió el sarampión. A wilí, a wilí, qué le diré y que le contaré. Eso que al amargo de mi hiĵo, se le metió una ruáḥ raˤa de los d’embasho, y ni un día pasa sin que los d’embasho malditos no le atormenten tres au cuatro vezes. Y pamorde que se cayó una vez en el fuego, está todo él, lo wueno mío, atortushado, y sus oĵos maoˤshos, hamayoteros como un manadero. Ma, él es tan wueno y bondadozzo; un malaj enterito todo él. Y si no fera por lo de ḥarbonás y lo de puñetazzos que se da él mezmo a su cabesa, fera un saddik. Wa en eso estamos; el Dio los cría y ellos se aĵuntan.

    “¿Y esto namás ferazwal?, a no querrís otra cozzita más?” le replicó Sancho.

    “Sí, es que querría otra cozza” disho el labrador, “ma no tengoy cara pa dizirselo a vos. Ma vaya, no lo voy a deshar  de pudrer en mi pecho, sea lo que sea. Es que, señor, querría que vuestra grandezzía me de unos trecientos au seiscientos ducados pa ayudarme con el ashuar de mi hiĵo el bachiller, que con eso fraguará su cazza, ¿wa ande moraran si no en su cazza de ellos, siendo dueños y señores de su cabesa, leshos de las baslumbres de los suegros?

    “A mira si querrís otra cozzita”, disho Sancho, “Wa solta, soltaló todo, y no deshes nada en tu pecho, por eḥshuma ni por vergüensa.

    “Wa con esto lo dishí todo y qaddeí”, arrespondió el labrador.

    Ma, ni acabó el labrador de dizzirlo, y el gobernador se alevantó de la sía en que estaba asentado, y disho: “ĵuroy por el Dio de los cielos, al don patán alcornoque, al trapo de la ĝente, que si no te fuyís de aquí, con esta sía te quebroy la cebesa y te la abroy. Hiĵo de la negra, al mal.logrado, al ˤazzif, al pintor de tus mezmos demonios. ¿A estas horas vienes pa piderme seiscientos ducados por tu cara la bonita? Y en que woh de escondiĵo los tengoy, zaˤama, yo? Y si los tuviera, que  de woh te devoy pa dartelós? Al dezvergüensado, al azno. ¿Y quién lo llora, y que woh me toca a mí Miguel Turra, ni todo el linaĵe kefseado de los Perlerines? Vaite de aquí, y que sea la ida del fumo, que si no, por la vida del duque, mi señor, te voy a hazer lo que dishí! Miguel Turra qalek; de ahí no sos, ma un embolicador sos tú, mandado por los d’embasho pa quitarme el cuero. Dime, al caído el mazzal, el gobierno ni le tengoy un día y medio, ¿y tú ya quieres que tenga los seiscientos ducados?

    Vino el mayordomo y le señaló al labrador que se salga de la sala, y este salió y su cabesa metida en el suelo, y un espantiĵo todo él, mirando el kaˤás grande del gobernador. ¿Wa no se dirá que este maldito ĵuguó su parte de lo meĵor?

     Ma daca y le deshemos a Sancho y su ĵenníya agüera, que queremos ya la paz, y mos atornaremos a don Quishote, siendo que le deshimos arrebosado en manos de curanderos, por sus feridas dolorozzas. La refuá shelemá todavía no le legó a don Quishote durante estos ocho días que pasaron. Ma eso que en uno de estos diítas, vino a ser una cozza, de aquella Cide Hamete dio su palabra de contarla filo por aguĵa, sin faltar ni una nonada.

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