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Amram Amselem Benmaman

    por Paz Amselem

    Mi abuela era una joven tetuaní de mucho carácter y muy resuelta. En cierta ocasión llegó a la ciudad  de Tetuán un médico español de renombre. Fue recibido con tanta pompa que incluso la banda de música le hizo los honores. Mi abuela quedó tan impresionada por aquel acontecimiento que se prometió a sí misma hacer lo que fuese necesario para conseguir que uno de sus hijos fuese médico. El destino de mi padre ya estaba irremediablemente marcado.

    Mi padre nació en Larache en 1910 pero, pocos años después, se trasladaba a Tánger para ir al colegio, al liceo francés. Viajaba ¡en barco! de Larache a Tánger y allí permanecía interno hasta terminar el curso. Estudió en Madrid medicina y llegó a ser el alumno predilecto del doctor Jiménez Díaz. El gran patrón lo llevaba siempre a su lado en las consultas hospitalarias. Del doctor Jiménez Díaz, no sólo aprendió técnica sino que pudo desarrollar su famoso “ojo clínico” para el que mi padre contaba con su propia gran intuición. Pero no todo fueron triunfos. El primer parto que tuvo que asistir fue un autentico desastre. Se mareó y cayó redondo al suelo. Como le ocurría con frecuencia, en el último curso de la carrera, el profesor de cirugía general, le hizo prometer que no se dedicaría jamás a la cirugía. Le aseguró que no estaba hecho para ello. Pero la voluntad y el prurito de mi padre no eran fáciles de quebrar y comenzó a especializarse justamente en urología y cirugía.

    Sus manos son famosas. No conozco a nadie de Larache, Tánger, Tetuán, Ceuta y Melilla cuyos familiares, amigos o ellos mismos no hayan pasado alguna vez por sus manos. De Estados Unidos llegaron cirujanos para verle operar intervenciones específicas. Los especialistas más punteros en urología de Madrid y Barcelona conocían muy bien su capacidad  intercambiaban opiniones y consultas sobre determinados enfermos.

    Cuando en 1954 el Príncipe Juan Carlos –hoy nuestro Rey de España- se sintió indispuesto durante un viaje en  yate de Portugal a Tánger, desde el barco se pusieron en contacto con el doctor de la Peña en Madrid, su médico personal. El barco atracó en Tánger y tan ilustre enfermo fue ingresado en el Hospital Español. El doctor de la Peña se retrasaba y la operación de apendicitis empezaba a ser muy urgente. Mi padre decide no esperar más y asume la responsabilidad de operar. Estando en quirófano llega el doctor de la Peña y entre los dos terminan la operación. De la Peña se marchó inmediatamente sabiendo que el recién operado estaba en las mejores manos.

    Mi padre tenía también fama de buen conversador. Pintores, actores, políticos de distintas nacionalidades, escritores compartían sus tertulias. Primero eran pacientes y después terminaban siendo amigos y formando parte de su círculo.

    El actor americano de origen húngaro Paul Lukas vivía en la costa de Sol y viajaba con frecuencia a Tánger. En cierta ocasión se puso enfermo en Tánger y visitó a mi padre. Una vez restablecido le pidió permiso para estar cerca de él y observarle en sus movimientos y actitudes. Paul Lukas estaba preparando un papel para una nueva película y tenía que hacer de médico. Se trataba del film “55 días en Pekín”. Cuando pasados unos cuantos años he vuelto a ver la película he sentido que mi padre estaba dentro de aquel personaje y me he sentido nuevamente muy orgullosa de él.

    Todo empezó por un médico homenajeado por una banda de música en la ciudad de Tetuán. Mi padre cumplió con creces los deseos de mi abuela, no fue necesaria la banda de música, su memoria y agradecimiento está en la mente de todos los que le conocieron como una constante melodía.

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